El gato trepa, araña y se esconde. Su salón no tiene por qué sufrirlo.
Rascadores y protecciones de sofá para gatos
Un gato no araña para destrozar. Marca territorio con las glándulas de sus almohadillas, mantiene sus uñas retirando la vaina muerta y se estira por completo al despertar. Tres necesidades reales, y ninguna desaparece regañando.
La esquina del sofá es la primera atacada porque lo reúne todo: una superficie vertical, una textura que engancha y el lugar central de la habitación — el que un gato quiere marcar. Prohibir ese sitio sin ofrecer otro solo traslada el problema al sillón.
Dos respuestas se combinan, y por separado funcionan mal. Volver la esquina poco interesante, con una cinta lisa que quita el interés de arañar ahí. Y poner al lado algo más satisfactorio: un rascador vertical, lo bastante alto para que el gato se estire entero, y lo bastante pesado para no volcar — un rascador que se mueve se abandona en dos días.
El sisal gana a la moqueta: se deshilacha en el sentido de las uñas y no se confunde con una alfombra, lo que evita enseñar al gato que las alfombras se arañan.
Ver también nuestras secciones **Un sitio al sol** y **Un rincón para él solo**.



